Como dice el reconocido escritor Eduardo Galeano, “recordar es volver a pasar por el corazón” y generalmente, sólo recordamos lo que nos emocionó, lo que nos llegó al alma.
Ciertamente retroceder en el tiempo, a nuestras etapas de niñez y adolescencia, nos remontan a aquellos cabellos rubios, a los bellos ojos claros a través de los cuales se reflejaba vida, a sus enormes sonrisas, a Maxi y a Cinthia, dos personas que con su gran sencillez y simpatía dejaron su sello en lo más profundo de nuestro ser, en el alma.
Aún podemos ver nítidamente sus hermosos rostros iluminados, pero más aún, lejos de toda superficialidad, podemos sentir ese brillo que producían con sólo mirar, con cada gesto de amabilidad, compañerismo y respeto.
Hoy y siempre vuelven a nosotros el sonido de las carcajadas de Cinthia, “la China” como su mamá le decía. La gran defensora de los débiles al regresar a casa del colegio, protegiendo fielmente a su “manada”, resguardando a la más pequeña del grupo, quien a pesar de comenzar la guerra contra el vecino ella debía escudar porque ante todo, era su amiga.
Mientras tanto Maxi con la eterna serenidad que lo caracterizaba, paseaba por las calles en su bicicleta, como un lindo príncipito hacía a cientos de rosas suspirar pero él, frente a su enorme inocencia, mantenía su constante humildad, sabía desde pequeño que “lo esencial es invisible a los ojos”.
Al crecer, en épocas de adolescencia, ellos mantenían su esplendor. Ella tan alegre y extrovertida, él un poco más tímido y reservado. Ambos llenos de proyectos, en busca de caminos que los condujeran hacia un futuro colmado de amor como el que siempre habían recibido de sus padres, Carlos y Eva.
Con un fuerte valor por la familia que se reflejaba en el afecto que se brindaba el uno al otro, con la admirable unión de hermanos que los representaba, ellos se defendían mutuamente y se enfrentaban con el mundo si era necesario por verse felices.
Día a día demostraban que la vida es un tesoro lleno de diamantes, esas joyas representaban sus grandes pilares en los cuales se refugiaban. La amistad, la familia, el respeto, la salud, la honestidad y el amor enmarcaban cada paso que daban al andar.
Maxi y Cinthia evidenciaban que en lo sencillo se puede encontrar felicidad y diversión como en una mínima picardía o en significativo abrazo. Eran, con sus cortas edades, la prueba de que la juventud lucha por su porvenir más allá de cualquier adversidad que se presenta en este sistema colmado de incertidumbres.
Indudablemente a través de este escrito, de la simple combinación de palabras, no se alcanza a describir seres maravillosos como fueron estas dos personitas. Sin embargo, entre líneas puede leerse lo que dicta el alma.
Quizás el destino nos encuentre alguna vez jugando a las escondidas en los estrellados campos de Tunuyán, pero hasta entonces, sólo queda en el presente lo que llegó en cada momento compartido al corazón, lo que de ellos nos hizo reír o llorar, lo que de los preciosos hermanos nos conmovió.
A pesar del tiempo que pasó desde aquel desolado día, cumpliendo su fiel tarea de pasar envejeciéndolo todo, mantenemos viva su presencia convencidos de que desde sus estrellas nos estiran sus manos y nos elevan cuando nos sentimos caer, están presentes en cada momento en el que en silencio anhelamos volver a compartir aunque sea un instante con ellos, están entre nosotros porque como expresa el maestro Galeano, “recordar es volver a vivir”.
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